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Cantos de la prehistoria: Melodías de pájaros

03 de Enero de 2013 -

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Y si el pájaro canta el indio muere, que mejor se espere, porque si el pájaro que-ma-maíz toma vuelo, mejor tomar asiento y aguantar su en-canto, su dichoso y señorial portento, su revuelo. Y qué tanto; cuando su hermoso trinar no es remedo de cantantes pequeñuelos, esos con la mala costumbre de desafinar y de ahí  no se hace esperar el vergonzoso pifiadero. Que más vale pájaro entonado que cientos desafinados tratando de pujar, de cacarear desganos, como el guajolote, el pavo, con el sonsonete más falso que agüero, que no está demás mencionar ese odioso y estridente taladrar de su guargüero, aquel que insiste en irritar el pírrico oído medio.

Y acaso ¿habrá pájaro que no sea armónico, que desafinar no sea su ocaso histriónico? que hasta los grillos asisten convencidos que estos sopranos plumíferos son inspiradores hasta de cierta malévola ternura en su rito, sobre todo instigadores, porque aquel coro, más que un imploro, es de provocadores que suelen madrugar con su acento tonal, más encima matinal, que dan ganas de meterles bala con tal de hacerlos callar, porque ya la tonada no deja dormir ni al pervertido capellán, que agarrado al pajarito duerme otro ratito, total, su nido tendrá que ventilar, porque se puede ahogar y con tanto caliente encanto acabe con gripe aviar.

Y no hay caso a las golondrinas acallarles el vozarrón que a todo pulmón se ventila por los aires, canto y baile, su misión, ejemplo a descifrar, y habrá que silbar a modo de homenajear tan simples estribillos; aquel trémolo de duchas cacatúas, gorriones, zorzales, jilguerillos, de otros empavonados que cacarean sus habilidades, como el tordillo, porque así se marca la herencia y los nidos se transforman en arrabales, en salones donde el alcatraz se luce con su estruendo vocal y estimula el bacanal, y en ese reguero de agua y semillas de nunca acabar, no faltará el tenor que pasado de copas cante sobre las sillas, y en ese deseo que lo perturba y toca, salga revoloteando, agitando las alas en pos de afilarse alguna despistada y emperi-follada golondrina.

Que para embolinar la perdiz hay que tener hartos cojones le dice el zorzal a la asexuada codorniz, sino, pregúntenle a la tortolita y los gorriones que apenas asomando el pico se lo sacuden y se mandan tremenda y melodiosa gritadita, mientras la diuca de alas blancas le sigue en el tono que hasta al gaviotín del ártico y al albatros los atrapa el coro, ni hablar del pelícano y su pito, que se baña en la corriente junto a las bandurrias a ver si le hacen un huequito, que los carpinteros se mueven con esmero y se sacan hasta el sombrero ante tanto jilguero, ante las singular tonadita, que ya traduce con señitas la tortolita a la loica, calidris que canta como canuta en pos que le hagan un do de pecho allá arriba del techo de la gruta.

Y se ve al tricahue apuradito para no quedar fuera del concierto, junto con las bandurrias de pico ancho y recto que esperan su momento, que igual no dan el ancho y son las que desentonan durante la jarana y ya son mandadas a callar por el resto, mientras el peuco se hace notar y estira el cogote, sabedor de que su voz es de picaflor dispuesto, a dar la vida inclusive para que nunca acabe el mitote, por más el chorlo de collar sienta envidia del extraño plumífero que cuando canta pareciera que ladra hasta con desgano, igualito al carancho cordillerano, que en su modesto silabario deja ver su gran tamaño, su acento estrafalario, su tonada parecida a loable canario, aunque de vil tirano.

Y que si bien nacen chicharras y la imitación es sinónimo de canto, de único dialecto, pura acústica que llevan por dentro, se atreve a filosofar el canario mientras picanea al malvinero dizque inglés que se hace el pillo anunciando que el mundo se va a acabar, nunca morirán cantando, y el métale sonidos logra despertar al búho que sueña con el correcaminos de tanto en tanto, ese del bip-bip que se la vive apretando y reculando, y entre medio del ruidero de cuervos y un par de patos, se lo agarra igual que al despistado pingüino que se silva un tango… y entre diuca y diuca y por una cabeza se acaba la vida, la tonada, nos dice la triste y empalada golondrina, sabedora que su canto no hace verano, mientras cae presa del pajarito que se le arrima y le pega un agarrón de manos allá en la cima, todo un consuelo del gran tetué que trae el pico hinchado y lleno de musiquilla, que duro como pájaro embalsamado asiente y afila los postizos dientes, sobre todo ahora que se viene el invierno, que ser un rapaz sin gran esfuerzo es su condición, así que exige a los cuatro vientos que le regalen un condón, porque ya divisó un iluso gorrión, que hasta el cóndor se entona y pone ansioso con tal que le hagan una invitación y lo pongan de una a recoger jabón.

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